In memoriam Cristina Kaufmann
Escribe Cristina:
“Hemos de confiar en la propia experiencia de vida. Sólo si aceptamos plenamente nuestra nada, no ser hogar ni horizonte para nadie, y que nadie lo puede ser para nosotros, sólo entonces podremos ser, simplemente ser, con esa levedad inherente a la vida, a la poesía, a la provisionalidad, a la belleza. Entonces podremos ser, en verdad compañía, la flor que aguarda en el camino, una estrella azul para quienes peregrinan con nosotros”.
“La
Wegwarte es una flor silvestre. Bordea los caminos del campo en verano, los
pétalos en forma de estrella, casi transparentes. Su color azul me llama poderosamente
la atención por su silencio y su pureza. (...) Cuando escribí esta poesía
acababa de reencontrar esta flor que desde mi infancia me había llamado la
atención porque sabía que tenía un mensaje profundo para quien era capaz de
escucharlo. sabía que tenía poder de desvelar la grandeza de la vida en la
apariencia sumamente humilde y despreciable de una hierba del camino que nace
en días de lodos y vive entre el polvo del verano, constantemente expuesta al
torbellino polvoriento que levanta la vida que pasa por el sendero sin siquiera
ver la flor. Y, sin embargo, por ser algo levantada en su tallo, o por ser tan
finos sus pétalos, o porque cada noche con sus besos el rocío la limpia y
embellece, el polvo no se le queda pegado. No es más que una hierba, no es
siquiera flor, no es nada, o ¿es una estrella? Me habían enseñado desde niña a
apreciar esta flor, a ensalzar su color indefenso e invencible. Su
transparencia y luminosidad discreta, está más allá de las perfecciones de las
flores de jardín o flores con nombre y fama universales. Me habían enseñado la
mirada por lo insignificante, por lo pobre, por lo que no cuenta, por lo que no
es y descubrir allí el Todo, el Ser, la Belleza, el Misterio. Cuando la
redescubrí me vino a iluminar mi camino, justo lo que es su vocación, ser
estrella del camino. La flor no es nada, no cuenta, no sirve para nada, no
existe porque nadie la mira. ¿Y si alguien de pronto la encuentra con su
mirada? Entonces entra en el ser. Todo es como la Wegwarte. No “existe”
mientras no haya alguien que la vea, la mire, la llame a ser con una atención
de benevolencia, de respeto, de gozo por su existencia, de capacidad de dar
destino, de dar significación”
Abril de 1996. Cristina se encuentra en la montaña de Montserrat, dando un paseo después de hablarles a las benedictinas del convento de San Benito. Apuntes de ese día (original en francés):
“Me siento frágil, débil, agotada después de la pequeña exposición a las jóvenes hermanas contemplativas de nuestros monasterios. Mis impresiones son más bien negativas: ¿he sabido transmitir un mensaje profundo, auténtico, de amor? No lo sé. ¿Es que soy demasiado exigente, cuando eso es precisamente lo que quiero combatir en mis propósitos? No lo sé. [...] Subo sola a la montaña. En mi interior todo permanece vacío. Sin ninguna emoción, en el cuerpo la sensación de cansarme, subo más lentamente que en otro tiempo. La brisa, el sol, el silencio en mi interior, toda la realidad de mi persona se me presenta banal, despojada de toda decoración superficial. Subo sin pensamientos, sin emociones [...] Paso más allá de la “creu de Sant Miquel”, subo más arriba. Cuán sola estoy, pero es esta la soledad que no molesta en absoluto, [...] es la soledad que queda después de habernos despojado de nuestros propios sentimientos, la soledad de haber comprendido que nada de lo que se experimenta es verdaderamente la Verdad, es verdaderamente la Vida. La soledad benéfica del vacío, de la nada. La soledad que simplemente cede el lugar a la obediencia y a la capitulación ante aquel a quien llamo “mi Dios, mi Señor”. (...) Nada se mueve en mi alma, todo permanece oscuro, banal, pacífico. Está bien, nada de deseo, nada de conmoción. La naturaleza y yo formando un todo en la noche de una presencia absoluta, fuera del tiempo, fuera del espacio, es EL SER. Soy, eso basta. Soy, eso es todo, está bien. La presencia: eso es todo. [...]
Me levanto para tomar el camino de regreso. En lugar de volver atrás para llegar al camino, hago un único paso adelante, sin saber porqué y... ahí está:
“Oh, aquí estás, mi florecilla azul, amiga mía. Mi estrella, mi vida, tú
floreces aquí, en las alturas, aquí me esperas, tú lo sabes todo, tú eres mi
vida. Llevas el cielo entero en tu rostro, eres valiente en medio de los
vientos, de las tormentas y del frío. Aquí estás tú, sola, floreces sólo para
Él. Oh, hermanita mía, imagen de mi vida, eres bella, eres amable, eres fuerte,
eres juiciosa. Cuánto me agrada haberte encontrado, tú me escuchas, respiras
conmigo, eres mi espejo. Me conoces desde siempre. Oh, hermanita mía, mi gran
amiga. Tú me enseñas la fortaleza, a sufrir en el amor. Tú amas, es tu razón de
ser. No es necesario que te toque, puesto que la mirada me sumerge en tu
misterio azul, delicado, fuerte. Conoces a Goethe que
“ging im Walde so für mich hin, und nichs zu suchen das war mein Sinn...” (yo andaba en el bosque caminando
así y encontré mi sentido al no buscar nada). Pero tú me conoces a mí tal cual
soy. Oh, cuán bien veo tu saber secreto y escondido entre las pequeñas hierbas
que te envuelven como un diminuto ejército, fiel y maravillado de tu grandeza.
Querida
hermanita, no es necesario tocarte, no tiene nada que ver la proximidad de
nuestras almas con el contacto de las manos. Nada será necesario para ser
testigo de tu presencia puesto que yo soy tu presencia, tú y yo, somos una en
el amor, sí el Amor. Mi única palabra AMOR, ella es el misterio de tu
existencia y el de mi verdad.
Debo marcharme, bajar. De nuevo bajar, como bajaba de los Alpes, con el corazón
de niña anegado en lágrimas. Amo las alturas, lo sabes. Pero tú te quedas, y yo
me quedo contigo. Lo sabes bien. Lo sé. Nada me arrancará de tu presencia, nada
sabrá matar la luz de tus ojos en mi alma. Todo el mar no sería suficiente para
borrar la belleza azul que me envuelve en este momento. Te quedas abierta en mi
corazón, el AMOR celebra en él su fiesta como lo hace el pequeño insecto que
acaba de instalarse en medio de tu corazón.
Adiós,
mi pequeña flor azul, mi amiga, mi confidente, adiós, belleza sencilla y
fuerte, escondida e imperecedera. Gracias por este encuentro, gracias. Cielo y
tierra, montes y nubes, vientos y luz, tomillos y romeros, pinos y zarzas,
alfombras amarillas y mariposas, cantad las alabanzas, el gozo, la belleza de
nuestro encuentro hasta que yo vuelva. Pequeña flor azul, adiós.” 
(Fragmentos seleccionados deun número monográfico de la revista Espiritualidad (272, pgs. 527-529), recientemente reeditado como libro: AA.VV. Cristina Kaufmann en perspectiva. Espiritualidad, 2011.)
|





Comentarios recientes
hace 10 meses
hace 10 meses
hace 1 año
hace 1 año
hace 1 año